Fantasía, el Reino Sin Fronteras

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El por qué de las cosas

Queridos Fantasios,

No sé si os lo he contado ya. ¡Estoy licenciado! Supongo que sí porque es algo que, en su momento, me hizo el hombrecillo más feliz sobre la faz de la Tierra. Tampoco recuerdo si os he contado que, además, tengo un addendum a mi cotidianeidad; es como la botella gratis en el pack de tres, o como cuando pides un kleenex y te dan el paquete entero: no lo has buscado, no lo querías, no sabes cómo ha pasado, pero lo tienes. En fin, ya me entendéis, ¿no?

Por otro lado, y como consecuencia de la primera de las exclamaciones de hoy, tengo que estudiar. El MIR o, como lo conocemos ultimamente, aquello que no debe ser nombrado, acecha tras las hojas del calendario. Ya no queda mucho, a día de hoy apenas un mes y tres días [(escalofrío en curso)] para que llegue y se nos coma a todos [(fin del escalofrío)]. Así que mis días se reducen básicamente a tres actividades: comer, dormir y estudiar, siendo esta última la que más tiempo y energías requiere, empequeñecienndo a las otras dos. Aún así, y habiendo dejado las múltiples actividades en las que siempre me veo inmerso (coro, banda, teatro, anatomía, etc.) a un lado, no pude evitarlo, y han ido apareciendo una serie de nuevas cosas (o no tan nuevas) a las que me he aficcionado. De eso va la entrada de hoy: el por qué hago lo poco que hago durante estos meses infaustos.

1- Voy a correr con mi amiga sonámbula. La llamo así no porque tenga sonambulismo, sino porque se pasa más tiempo dormida (o adormilada) que despierta. La cuestión es que nos pasamos el día sentados en la biblioteca uno al lado del otro y apenas sin hablar, más allá de un “pásame el libro” o “¿tienes los esquemas de bichos?” o cosas así. Y claro, al llegar la hora del cierre uno, que no es de piedra, tiene la necesidad imperiosa de comunicarse. Vale que durante la hora de la comida también se da la oportunidad, pero entonces no es con la sonámbula, sino con el rey del frikismo con quien comparto las inquietudes que me arrastran. Así, cuando terminamos el día, ella y yo nos vamos a correr media hora por la Alameda.

¿Y por qué? Pues porque me relaja. Porque hablamos un montón, nos contamos cosas que en cualquier otro momento del día no nos contaríamos. Porque, tras toda la jornada de un ejercicio mental intenso, no está mal cambiar y sentirse físicamente cansado, para variar. Porque los transeúntes y los corredores habituales ya forman parte de nuestras costumbres, cualquier día los empezaremos a saludar por la calle cuando nos crucemos. Porque la alameda a esas horas estás preciosa, porque el frío en la cara nos devuelve a la realidad de una ciudad que no se detiene por lo que no debe ser nombrado, porque cuando llueve el lugar está vacío y nos mojamos en los charcos, y cuando no llueve… pues no llueve. Porque está bien tener un objetivo al final del día, para luego llegar a casa y sentir que has hecho todo lo que has podido (y luego robarle un par de horas al sueño para seguir otro ratito más). Porque me anima y porque, aunque al principio cuesta, te sientes estupendamente al final. Y, además, porque debe ser la única recomendación de las guías de prevención de riesgo cardiovascular que seguimos…

2- Edito la Wikipedia. Supongo que sabéis lo que es: la mayor enciclopedia jamás escrita, con más de veinte millones de artículos en sus 282 ediciones. La edición en español sobrepasa ya los 800.000, pero no tiene nada que hacer comparado con el gigante inglés, con más de 2.000.000 de artículos. En su conjunto, la wikipedia tiene tantos detractores como acérrimos defensores, y esto es porque su gran ventaja es, precisamente, su gran inconveniente: cualquiera puede editarla. Esto, a la par que permite su expansión casi ilimitada, hace que mucha gente dude de la información que da en muchas áreas de conocimiento, y es lógico que piensen así habida cuenta de que el vandalismo (introducción de datos falsos, erróneos o no enciclopédicos en la wikipedia) es uno de los grandes problemas que tiene en la actualidad, aunque cada artículo creado y cada cambio en los artículos viejos es revisado concienzudamente. Es mucho trabajo, sí… pero todo tiene solución. Hay mucho que hacer y muy poca gente haciéndolo, así que, poquito a poco, he decidido poner mi granito de arena. ¿Y por qué?

Porque creo en la libre circulación de conocimientos e ideas. Porque me gusta que las cosas estén bien escritas y, corrigiendo las faltas de ortografía, gramática y sintaxis de los artículos ya escritos, me siento mejor, más tranquilo. Porque cuando tengo una duda, la mayor parte de las veces está en la wiki inglesa y no en la española… por lo que no puedo evitar traducir el artículo y buscar las referencias pertinentes para asegurar su credibilidad. Porque cuando veo que hay trabajo por hacer (fusiones, revisiones, referencias) pienso que, si no lo hago yo, con la cantidad de artículos que hay podrían pasar años sin que alguien lo haga. Porque te sientes parte de una comunidad, porque trabajas en equipo, porque aprendes cosas que no sabías que existían. Porque dominar el lenguaje wiki es como vivir una aventura. Porque alguien tenía que hacerlo. Porque la gente va y viene, pero el conociemiento humano permanece. Porque me gusta tener una página de usuario. Para que aquellos que no se fían de la wikipedia puedan cambiar de opinión.

 

Ya sé que dos cosas no son muchas comparadas con lo que estoy acostumbrado, pero no hago más porque no puedo. Ya sabéis, lo que no debe ser nombrado  acecha. Me despido ya por esta vez, puesto que el tiempo que he gastado escribiendo debo recuperarlo de algún modo, y nunca puede ser demasiado. Sed felices, amigos fantasios. La Navidad es Navidad por algo, ¡disfrutadla!

Nos vemos el año próximo…

Algunas cosas que no cambian nunca.

Queridos Fantasios,

¿Sorprendidos? Después de tanto tiempo parecía que no volvería a escribir nunca… Tengo muchas historias atrasadas que contar así que espero que este sea un post que abarque mucho, en muy poco espacio. Vamos a ver si funciona.

1.- Sobre las cosas que cambian.

Como por ejemplo mi sobrino. Enorme ya, con tres años a sus espaldas y una cabeza llena de preguntas: posee una de esas curiosidades que nunca se sacian, siempre continuando con un “¿por qué?” todas las conversaciones. Heredó de mi hermano la cara de pillo y su aficción a la música… y a mí se me cae la baba, claro está, cuando lo veo en mis rodillas con el bodrhàn en la mano (haciendo verdaderos estropicios rítmicos), o sentado en el sillón soplando en la flauta (haciendo verdaderos estropicios melódicos), imitándome. Supongo que todos, salvo prodigios y demás fauna, comenzamos así: haciendo ruído.

Como por ejemplo también la facultad. Supongo que ya os habréis dado cuenta de que es un elemento recurrente de estas páginas, pero es que da para mucho. Ultimamente, la verdad, me doy cuenta de que me estoy haciendo mayor. Hace una semana, sin ir más lejos, les estaba contando a los de primero la batallita de todos los años con el borde antero-superior del coxal, cuando ante la pregunta “¿cuántos de vosotros veíais Songoku?” se me quedaron mirando patidifusos… A alguno les sonaba, que conste, pero me miraron raro cuando les recordé el bailecito de la Fusión. Y es que a las nuevas generaciones les va más Sponge Bob que el varias veces muerto-y-resucitado guerrero del espacio.

Como por ejemplo mi vieja ciudad, a la que hacía nueve meses (el tiempo que se tarda en engendrar una nueva vida) que no regresaba. Ferrol está desconocida, y a ciertas horas del día su aire de decadencia y soledad abruma. Hubo un par de momentos en los que me sentí como el único superviviente de un holocausto nuclear. O zombi, o cualquier otro tipo de holocausto. Muchas de las tiendas con las que contaba están ahora cerradas; muchos lugares viejos tienen ahora una pinta muy diferente de como eran antes. Y es que me hago viejo, insisto, y no me gustan los cambios…

2.- Sobre las cosas que no cambian.

A pesar de todo, del tiempo que pasa y de que nos hacemos viejos, hay cosas que no cambian nunca. Al menos, hay cosas que no cambian demasiado y que, cuando te encuentras con ellas, sabes que estás “en casa”. Por decirlo de alguna manera. Como por ejemplo mi banda de gaitas, Airiños de Fene. Este sábado regresé después de mucho, mucho tiempo, a un ensayo como los de los viejos tiempos. La Xuntanza está cerca, así que muchas de las viejas glorias de la banda vuelven a casa; como el turrón, solo que unos meses antes. Supongo que a estas alturas de la novela, teniendo en cuenta el tiempo que hace que no me veían por allí, puedo contarme entre ellos al menos en lo que a “viejos que vuelven por la Xuntanza” se refiere. Eso sí, no podéis ni imaginaros la ilusión que hace volver con el deber cumplido y recibir la enhorabuenta de los presentes al contarles que terminé la carrera. El orgullo que se siente. Ahh… seis años de mi vida invertidos pero, ¡pardiez! Han valido la pena.

El comienzo prometía y la racha parecía continuar: después de diez meses sin pasar por allí ¡mi gaita seguía afinada con las demás¡  Aunque toco a menudo en casa y siempre tengo cuidado de mantenerla en forma no me esperaba tanta exactitud. Me lo tomaré como un regalo de bienvenida. ¿Preparados, listos, afinados? ¡Comenzamos!

Lo echaba mucho de menos, muchísimo. El sonido potente de las gaitas, la exactitud de los tambores, la gracia de las panderetas. Escuchar mi gaita haciendo las voces de la melodía principal, con el ronco bien afinado y la ronqueta dando el toque perfecto. ¡Ahh…! ¡Cómo lo echaba de menos! Sentir la música fluyendo a través de uno mismo, por todas partes, hacia todas partes… en fin, una maravilla. ¡Una verdadera maravilla!

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Aunque cambia cada año, el Coro Universitario siempre me inspira una sensación de continuidad, seguridad y frescura muy especiales. Este año, un concierto a principios de noviembre (que parecía hecho a medida para que yo pudiese participar aún en mitad del infernal estudio) consiguió relajarme, tranquilizarme, sosegarme, calmarme… darme esa puntada final que me ata a la (poca) cordura que me queda. Todavía más, si contamos con que, gracias al Universitario, pude cantar también con la Capela Compostelana los “Carmina Burana”. Uno de eses sueños que, al comenzar este viaje, no creía que se pudiesen hacer realidad en seis años. De los miembros de cuando entré sólo quedamos dos… y supongo que ahora, si el Destino quiere y me quedo por aquí, me uniré a esa segunda fase (de la que siempre se regresa, para cada concierto) que es el Orfeón. Y aún allí… todo sigue igual que en el primer ensayo.

Y en las salas de la facultad, por supuesto, todo sigue como siempre. Sí, ya sé que hace unos párrafos he dicho que había cambiado, pero comprendedme. Uno también tiene su corazoncito, sus recovecos llenos de recuerdos y sus costumbres inalteradas. Y, como digo, en ese y algún otro aspecto más, todo sigue como siempre. Nuestra orla, desaparecida, no cuelga todavía de las viejas paredes. Las aulas bullen con nuevos estudiantes, aunque los viejos profesores se empeñan en repetir, una y otra vez, las mismas lecciones. Más rápido, el plan Bologna es lo que tiene, pero siempre haciendo hincapié en los mismos temas, en los mismos aspectos. Los problemas son los de siempre y cada cual se preocupa de ese gran examen que tengo este año, que todos los años son el mismo. Primero se llaman fisio, bioquímica o anatomía; luego pato, epi, micro; más tarde alguna que otra médica, preventiva o derma. Siempre las mismas dudas, siempre las mismas explicaciones. Siempre gentes distintas, formando parte de la misma comunidad, aunque cada generación tiene su propia personalidad. Ahora comprendo lo que dijo uno de los pocos grandes profesores que tuvimos cuando, cierto día, en mitad de una clase, se paró al principio de las escaleras de clase y dijo, más para sí mismo que hacia nosotros: “Es curioso que cada año seáis siempre los mismos, en los mismos sitios…”

En fin, queridos míos. Os dejo ya. Quizás cuando regrese ya seamos más viejos o más sabios… o quizás estemos todos (o al menos yo) un poquito más locos. Mejor. Así que hacedme caso. “Ghiádevos por min”, que diría mi abuela. Haced locuras, cometed errores. Pasadlo bien.

El final de un final y la precaución inútil.

Queridos fantasios,

Siento el retraso, aunque quizás no. Durante estos meses de ausencia me he ocupado de múltiples asuntos pendientes, aunque quizás el más pendiente (y del que más me he ocupado) haya sido, con diferencia, mi carrera. Ya hacía tiempo que venía diciendo aquello de “este año sí me pongo a estudiar”, o el ya tan manido “esta vez sí que sí”; pero ninguna de aquellas veces se correspondía al final con ningún resultado real. Alguna que otra pequeña alegría, algún que otro gran fracaso… al menos hasta ahora.

Este verano apenas he visto la luz del sol, cegado como estaba por las lámparas de biblioteca pero, como diría la canción, al final llegó el final. El final, que se dice pronto, de seis largos años. Largos, a veces demasiado largos y a veces demasiado cortos. ¿A quién no le gustaría seguir siendo universitario más tiempo? Pero, a la vez, ¿quién no quiere comenzar por fin una vida independiente, adulta, propia? Dos cosas a priori incompatibles, pero qué bonito sería…

Pero en fin, basta de lamentaciones y añoranzas varias. ¡Es hora de celebrarlo! Al fin y al cabo este es el momento que llevaba esperando durante más de un lustro, durante un cuarto de mi vida. Ser licenciado y, por lo tanto, poder presentarme al MIR, trabajar en un hospital, especializarme… el futuro es un abanico lleno de posibilidades, y todavía no sé cuál es mejor.

Hace tanto tiempo que no escribo en público que casi se me olvida cómo se hace. El ritmo, las pausas, los paréntesis (siempre tan necesarios), el innecesario hipérbaton aquí y allá. Preguntarme, mientras esto escribo, si es realmente esto lo que quiero escribir o si, por el contrario, me estoy liando demasiado. Pensar en todo lo que he leído desde la última vez que aquí he publicado y preguntarme si sus autores también sentirían lo mismo que yo mientras escribían sus obras maestras. Ante el busto de Nóvoa Santos en la facultad me pasó lo mismo el día que terminé. En su momento, ¿se habrá sentido así también él? ¿También habrá pasado por esto? No lo sé, pero tal y como yo me sentía aquel día espero sinceramente que don Roberto también haya pasado por lo mismo. Es una sensación genial.

Al margen del fin de carrera, tan ansiado como increíble, tengo que reconocer que otra cosa, otro asunto, otro quehacer me ocupó durante los últimos días. A costa de bastante tiempo, sí, pero valió la pena. Una vez más (qué si no) la música  y el teatro son los protagonistas de esta historia pero, por primera vez en lo que va de crónicas, juntas. Muy juntas.

Gracias a los azares del destino y sólo Dios sabe qué otras casualidades me vi arrastrado voluntariamente a participar en la representación de una ópera… y no una ópera cualquiera: Il barbiere di Siviglia, nada menos, del gran Gioachino Rossini. Es curioso que entre bambalinas las cosas no son ni parecidas a lo que el espectador ve el día del estreno. Las pruebas de vestuario, la sastrería y sus dueñas, el maquillaje (y las maquilladoras), la peluquería (y las peluqueras), las conversaciones que, no se sabe muy bien de dónde, aparecen mientras se lleva a cabo el proceso de chapa y pintura, etc., etc., etc. Los figurantes, las casualidades, los reencuentros (tras mucho, mucho tiempo) con gente que no te esperabas. Los problemas, las soluciones, el riguroso directo. Los diversos jefes, subjefes y jefes supremos a quienes hay que hacer caso para que todo salga como debe salir, sus acuerdos y desacuerdos, sus roces, los tópicos, los tópico-típicos… y los personajes detrás del personaje. Los solistas, los actores principales, aquellos que ponen voz y cuerpo a la historia que se cuenta. Quizás su historia detrás del telón es más interesante y divertida que la ópera bufa que se representaba, o quizás precisamente por el contraste entre lo que son y lo que deben ser… quizás precisamente por eso son tan interesantes.

En una palabra, grandiosos. Unos más que otros, de acuerdo, pero grandiosos. Unas voces increíbles que tuve la suerte de poder escuchar durate todos los ensayos una y otra vez, sin hablar de las diferentes representaciones. Es la primera vez que escucho a alguien cantar el mismo aria tres veces de tres maneras diferentes, cada vez mejor, cada vez con más ganas, con más energía. ¡No lo entiendo! O quizás si, ya que el tedio musical (lógico, tras repetir un mismo pasaje demasiadas veces) se combate con más música. En pocas palabras… tengo que decir que estoy impresionado, agradecido, y que ha sido todo un honor poder compartir con todos ellos, desde los tramoyistas a los directores.

Y es que, queridos fantasios, no siempre se termina una carrera el mismo día que se estrena una ópera.

Sed felices, hacedme el favor. Yo lo soy. Un abrazo y hasta pronto.

Una sonrisa sardónica.

Queridos Fantasios,

Antes de nada, perdón. Os había prometido volver con la periodicidad de siempre, pero por unos motivos o por otros dejo pasar el tiempo como quien no quiere la cosa… y aquí estoy, un mes después. Conste, esta entrada debería corresponder a una serie de viajes extraordinarios que hice no hace mucho (o sí), pero la sensiblería me puede. No puedo evitarlo y en momentos como estos tengo que escribir o reventar.

Hace tiempo, quizás no importe mucho cuánto, escribí una entrada en la que, de pasada y entre otras cosas, comentaba cómo me sentía el día del estreno de la primera obra de teatro universitario en la que participé. La ilusión, los nervios, el compañerismo, los preparativos y todas esas pequeñas cosas (y no tan pequeñas) que hacen que el momento en el que se encienden las luces y te metes en la piel de tu personaje sea único cada vez. Se te acelera el corazón, sube el nivel de adrenalina, un ligero temblor se apodera de tus miembros, empiezas a pasear nerviosamente o a repasar tu guión de forma compulsiva mientras te preguntas una y otra vez “¿por qué me habré metido yo en esto? ¡Quién me mandaría a mí!”. Cada vez falta menos para que llegue el momento de subir al escenario y los nervios van en aumento, más y más; repasas la ropa, el texto, el maquillaje, de nuevo el texto… ¿Falta algo?

Entonces llega el momento de salir a escena. Los nervios se disipan, las dudas desaparecen, la adrenalina sigue subiendo. La mente se te aclara y, si tienes la suerte que yo he tenido, con una mirada te basta para saber que a tus compañeros de escena les está pasando lo mismo. Se enciende la luz, se abre el telón, la acción comienza y ya no eres tú el que está en escena, es un viejecito ateniense, o quizás el Dr. Urrutia; un tal Edelmiro o tal vez un señor que se llama Mariano. O quien sea, incluso un buzón o una farola, una oveja, un pavo, un fantasma sin cara en un ballet. En el escenario puedes ser casi cualquier cosa… o sin casi.

Una vez bajo los focos ya no hay vuelta atrás. Mientras tu personaje dice sus frases (ensayadas una y mil veces) y se mueve tal y como marca la coreografía (ahora adelante, ahora cruza las piernas, ahora mueve el brazo, ahora gira a la izquierda…) te sientes tan libre que el improvisar se hace ineludible. Movimientos que llevan más de lo esperado, huecos en blanco que hay que rellenar como sea, vacíos inesperados, reiteraciones, olvidos… allí arriba puede pasar lo que sea ¡pero el público no debe enterarse nunca! Hay que salir del paso, pase lo que pase, sin la menor vacilación y lo más airosamente posible. A veces es difícil, pero al final siempre sale bien. ¿Cómo…? Pues no lo sé: es un misterio.

Toda la inseguridad que sientes cuando actúan los demás (mientras sigues el guión en bambalinas, inquieto, pensando que “va a pasar algo”) desaparece cuando quien actúa eres tú mismo. Sabes lo que va a ocurrir, lo que vas a decir y lo que dirán los demás, esperas la reacción del público, la consigues y, si no, con un gesto o con un sonido extra puedes romper esa barrera que separa lo divertido de la carcajada. Y mientras tanto, si miras a las caras que te miran y siguen cada uno de tus movimientos mientras se ríen (o entristecen) con la historia que les estás contando, piensas… “ahora recuerdo: me metí aquí por esto”.

El pasado día 2 de mayo fue uno de esos días. El trabajo de todo un curso resumido en dos horas de representación, música, carcajadas y aplausos, tras dos días de intenso trabajo en los que, como siempre, me tocó hacer de mozo de los recados. Valió la pena, por supuesto. Tras cuatro años en la compañía de la facultad, dos de ellos como director de actores, esta ha sido la última representación en la que participo (al menos como actor y subdirector). Allá se van cuatro largos años de historia en los cuales aprendí lo que pude de nuestros predecesores e intenté enseñarles lo poco que sé a los nuevos, de los que depende la continuidad del grupo, más veterano que ninguno de nosotros.

Esta noche ha sido la última noche. La cena de despedida, el traspaso de poderes, el “hasta luego” que marca el final de este periplo. La nueva presidenta y la nueva directora tienen en sus manos su futuro y el de las nuevas incorporaciones, que cada año traen sangre fresca e ideas nuevas. Y yo, mero cronista de los acontecimientos, no puedo hacer otra cosa que dar las gracias.

A varias personas, la verdad, así que vayamos por turnos. Gracias a Galo, a Anido y a Lula, tres de los grandes de los primeros años, porque sí y por confiar en nosotros. A Marta, por ser compañera infatigable en duras y maduras, y la mejor de las compañeras de escena; a Juan por ayudar siempre en todo. A todos y cada uno de mis compañeros, que durante cuatro años han sido muchos y variados… y sobre todo, muy sobre todo, a Luís, director estos dos últimos años, amigo y mentor, por aguantarme y confiar en mí.

Y a los padres fundadores, porque sin ellos nada de esto sería posible.

No diré que es el fin, porque el espectáculo debe continuar. Digamos, si hay que decir algo, que es un entreacto. Nunca se sabe lo que nos puede deparar el destino.

El próximo año, cuando asista a la representación, esta vez desde el público, y me ría a carcajadas, volveré a escribir una de estas entradas, pero desde el otro lado de la barrera. O no, nunca se sabe. Tened cuidado, queridos fantasios, mucho cuidado, y si alguna vez os preguntan decid que la mejor compañía de teatro tiene nombre de sonrisa.

No lo olvidéis: se dice “Trismus”.

El aplauso rectoral.

Queridos Fantasios,

Quizás para compensar los meses de intenso parón, llevamos dos entradas muy juntitas. Es cierto que no se parece, ni de lejos, a los viejos tiempos en que escribía una entrada semanal sin falta, incluso más si la inspiración y el tiempo libre acompañaban, pero algo es algo, ¿no? Se hace lo que se puede, aunque no se pueda la mayor parte del tiempo.

Pero basta de lamentaciones, vamos a lo que vamos. Una vez más se ha terminado la época de exámenes. El ritual de la biblioteca ha cesado, sus puertas ya no giran (me refiero a Conchi, por supuesto) hasta las 3 de la mañana, ya no queda nadie a partir de la hora de merendar. Y la hora de merendar, ahora es antes. Ha pasado tanto tiempo desde la última entrada que no sólo ha terminado, sino que ya casi la hemos olvidado por completo. El tiempo pasa a una velocidad directamente proporcional a lo lentamente que queremos que pase… así que imagináoslo. Han pasado muchas cosas, así que os resumiré las más interesantes… o no; y luego, ya si tengo tiempo, os escribo algo más interesante sobre este mes. Abril siempre ha sido mi favorito.

Lo cierto es que, Fukushimas y otros desastres aparte, este tiempo no ha dado mucho más de sí. Como las partes negativas se quedan siempre (o casi siempre, mejor dicho) fuera de este espacio, vamos a correr un tupido tabique de hormigón armado y avancemos hacia el tema que hoy titula la entrada. Y es que a pesar de todo, la música, siempre presente, consigue crear remansos de paz en medio del peor de los torbellinos.

Esta vez no iba a ser menos. Sucedió casi de rebote, aunque para ser fieles a la realidad estaría mejor decir que fue un rebote absoluto. Corrían los tiempos de la vuelta a prácticas tras exámenes y yo me marchitaba entre manchas y bultitos en dermatología. Por aquel entonces, mi inestimable colaboradora se marchitaba a su vez en la cueva (compréndalo quien lo quiera comprender) y, casualidades del destino, el rockero empedernido (que ya ha pasado más de una vez por estas crónicas) le propuso plan: un concierto. Ella me lo propuso a mí, y al final un gran total de cinco personas nos acercamos al Auditorio de Galicia a escuchar a nuestra orquesta, que no tocaba nada menos que al Grande entre los Grandes: Johann Sebastian Bach.

Como siempre, entramos con el tiempo más que ajustado a los timbres que anunciaban el comienzo de la sesión y el cierre de las puertas. Nuestras entradas decían que debíamos situarnos atrás a la izquierda y así lo hicimos. No quisimos adelantarnos más porque faltaban escasos segundos para el comienzo, así que nos dispusimos en nuestros asientos de modo que mi inigualable colaboradora se sentaba al lado de un asiento vacío, conmigo a su izquierda. Así situados, esperamos a que las luces se apagasen… ¡y cuál no fue mi sorpresa cuando, ya las luces apagadas, se sentó una cara conocida al lado de la Reina de los Invisibles!

Primer vistazo: “¡Anda! ¡Mira tú! No sabía yo que este hombre andaría por aquí a estas horas… ¡y llegando tarde, nada menos! No me lo esperaba, pero vaya casualidad, la última vez que lo vi también había música de por medio.”

Segundo vistazo: “¡Increíble! le gusta Bach… Me empieza a caer mejor de lo que me caía, y no me caía mal. Oye, colaboradora-mía-de-igual-a-igual, ¿has visto quién se ha sentado a tu vera?”

Tercer vistazo: “Es un hombre de bien. Definitivamente… tiene que ser un hombre de bien. ¡Fíjate cómo aplaude!”

Aplaudía yo con mi tercer vistazo al final de la primera parte del concierto, y aplaudía también el señor Rector Magnífico de nuestra santa casa, la USC, diana de mis vistazos. Mi insigne colaboradora, con su insigne vecino de asiento, se fijó en que una de nuestras acompañantes aplaudía de la misma forma que él; una forma peculiar de aplaudir, ahuecando la mano derecha y moviendo la izquierda, como si fuese “al revés” del aplauso habitual. Curioso, en cualquier caso.

En fin, pasó el descanso entre la primera y la segunda parte del concierto, y nosotros seguimos disfrutando de la música. El Magnífico señor se había ido ya; supongo que ser universitario a su edad (y rector, para más inri) no es fácil de compaginar con horarios tan intempestivos como los de los conciertos de música clásica…

Y la vida siguió, más o menos como dice siempre el maestro Sabina en sus canciones. Pasó derma; llegó trauma y se fue pasando; llegaron los días de rayos (y centellas) y también se fueron. Los días se sucedían con pena y sin gloria y el tiempo iba pasando. El día del acto de licenciatura está cada vez más cerca, antes del acto está el 7 de abril, siempre peligroso, y más tarde llega ya la Semana Santa, y con ella comidas familiares, viajes y reencuentros esperados… y agobios, muchos agobios. Demasiados proyectos y muy poco tiempo para cumplirlos, aunque se hará, sin duda. Todo será ponerse a ello, por mucho que duela a veces que los resultados no sean los esperados. Pero eso es la vida, ¿no? Es lo que pasa mientras te empeñas en hacer otros planes.

Un fuerte abrazo, fantasios míos. Dentro de nada, más y mejor. Tened cuidado con los hombres grises y hasta muy pronto.

El discurso que no fue.

Queridos Fantasios,

Aprovecho que no tengo que escribir nada, esta vez, para actualizar. Os dejo aquí el discurso que propuse-pero-al-final-no-fue para el acto de licenciatura de nuestra promoción. Espero que os guste.

Próximamente, os hablo de cosas bonitas. Un abrazo a todos.

“Queridos compañeiros, familiares e amigos,

Moi bos días a todos.

Parece mentira, pero xa estamos aquí. Chegamos. Despois de cinco longos anos, a punto de pasar
tamén o sexto, somos nós os que estamos sentados neste Palacio de Congresos, cas nosas familias e
os nosos amigos, celebrando este momento. Parece moito máis tempo se botamo-la vista atrás e
pensamos quen eramos antes de entrar o primeiro día pola porta da nosa Facultade. Pensabamos que
o prof. Meaños mentía cando nos dicía que sobreviviríamos a primeiro, e que sexto estaba á volta
da esquina… pero era verdade. Este acto marca a fin dunha etapa da nosa vida e o comezo da
seguinte. Un punto de inflexión. Este non é o primeiro, pero poida que sexa un dos máis
significativos. E chegou tan pronto, case sen darnos conta.

Algúns entraron ca idea clara de ser dermatólogos, psiquiatras ou pediatras pero, hoxe, ¿cantos de
vós conservade-las preferencias cas que entrastes? Outros, coma min, estamos tan perdidos agora
coma ó principio, incluso un pouco máis. Cada un de nós tiña unhas expectativas distintas cando
comezamos esta viaxe, e a meirande parte foron cambiando pouco a pouco, achegándose ó mundo
real e alonxándose cada vez máis da idea do que é ser médico que House, Anatomía de Grey e
demais series de médicos nos meteron na cabeza.

Foron seis anos intensos, moi intensos. Seis anos de duro traballo, cheos de xornadas maratonianas
de clases, torres de apuntes e días de estudio, prácticas, seminarios, exames… pero, se mo
permitides, creo poder dicir que todo este esforzo, que aínda continúa, mereceu a pena. Non todo
foron libros e apuntes, non todo foi medicina. A universidade está chea doutras moitas experiencias,
relacionadas ou non co que estamos estudiando, que nos enriquecen, que nos cambian. Todos estes
anos estiveron cheos de puntos de inflexión, que comezaron o día da novatada da que fomos
víctimas o primeiro día de clase, cando aínda eramos novos e inexpertos. Inocentes, máis que nada,
porque a meirande parte de nós aínda non se enfrontara co mundo real. Pero medramos, e moito.

E medramos porque dende aquel lonxano primeiro día pasounos de todo. Tralo susto inicial, con
aquela novatada dos de sexto, os profesores reais devolvéronnos durante un tempo a calma, ata que
descubrimos, por exemplo, o “marabilloso” mundo da biofísica, as cascadas de fosforilación en
fisioloxía ou o metabolismo das proteínas en bioquímica, que nos meteron o medo no corpo. Xa en
segundo e sen falar de neuroanatomía, ¿quen de nós imaxinaba que faríamos unha visita á escola
militar de Marín? Ou, ¿quen imaxinou que caerían os teitos enriba das nosas cabezas? Por non falar
das asignaturas de libre configuración, que son un mundo aparte. Estudiamos medicina, si, pero nos
nosos expedientes constan asignaturas como “Literatura Rumanesa”, “Obradoiro de cor”,
“Expresión corporal”, “Instrumentos armonico-musicais”… ou a miña favorita, “O Señor dos Aneis
e a literatura europea medieval”, que unha vez cursada, segundo un bo amigo meu, dáche o título
oficial de friki pola USC.

Cada día nesta carreira era unha nova aventura.

Iso aparece nos expedientes, pero houbo moito, moito máis. Aprendemos a desenvolvernos por nós
mesmos, a busca-las nosas propias solucións, a tomar decisións pola nosa conta e fixemos cousas
que non sabíamos que eramos capaces de facer. En terceiro tivemos que afrontar un deses retos
vitais: organiza-lo Paso de Ecuador. Parece mentira pero require moito máis traballo do que se
poida pensar e trae moitos problemas e dores de cabeza. E fixémolo, puxémonos dacordo e pasamos
polo mellor paso de ecuador que se poida imaxinar. Xa fosemos a Cuba ou a Túnez, aquela semana
que pasamos de viaxe foi inesquecible para todos. Avergónzame dicir, pero teño que confesalo, que
coñecín a moita xente daquela, cando xa levabamos tres anos de carreira.

Medicina son os libros, as clases, os apuntes, o paso de ecuador, as horas na cafetería… pero nada
diso tería sentido sen as prácticas. Non ere-la mesma persoa antes e despois de atender ó teu
primeiro paciente, aínda que sexa nunhas prácticas nas que apenas podes facer nada. A medida que
pasa o tempo e te encontras con xente de todo tipo, vas cambiando a túa visión do mundo e da
sociedade. Cambias cando segue-la evolución dos pacientes ingresados como un médico veterano,
cando podes dicir que son os teus pacientes porque os coñeces a todos por nome, número de cama e
patoloxía. Cambias tamén o día que ve-lo teu primeiro parto, ou cando un dos teus pacientes te
chama “doutor” por primeira vez. Momentos coma eses non teñen prezo. Aínda con todo o traballo
que nos custou chegar ata aquí.

Vivimos todas estas experiencias e moitas outras, que escritas xuntas ocuparían moito máis espacio
que o máis extenso tratado sobre medicina interna. Por iso, porque as vivimos todos xuntos,
gustaríame lembrar tamén a aqueles que hoxe non están aquí. Algúns porque decidiron que esta non
era a profesión que querían, outros porque o tiveron que deixar por diversas circunstancias. E, sobre
todo, gustaríame lembrar hoxe a Alejandra Fernández Salvande, compañeira da nosa promoción que
nos deixou antes de tempo.

Antes de rematar, quero darvo-las gracias a todos por facer destes seis anos a mellor aventura na
que me vin embarcado nunca. Recorrer este camiño non tería sentido se non fose pola vosa
compañía. Tamén quero agradecerlles a algúns dos profesores o seu esforzo especial por axudarnos,
comprendernos e apoiarnos en todo momento. Porque son a excepción que confirma a regla, e por
ser capaces de transmitirnos o que debe ser un bo profesor, merecen todo o noso respeto e
agradecemento. E a tódolos nosos familiares e amigos, gracias por estar aí sempre, nos bos e malos
momentos. Nada disto sería posible sen vós.

Por último, so me queda aplicar un dos axiomas que aprendemos en primeiro da man do prof.
Navarro: non son quen de expresar todo o que foron estes seis anos das nosas vidas mediante
palabras, e moito menos mediante unha ecuación diferencial, polo que podo dicir, sen temor a
equivocarme, que se lles pode chamar “maxia”.

Moitas gracias, boa sorte, e deica sempre.”

Suma y sigue

Queridos Fantasios,

Al principio es difícil, no tienes ganas, no te apetece moverte y las canciones que suenan no te hacen especial gracia. Pero si suena la canción adecuada, una vez que has cogido el ritmo es difícil dejar de bailar. Al estudiar pasa lo mismo: comenzar es difícil, pero una vez que estás resulta más llevadero. Sobre todo ahora que lo peor, o eso parece, ya ha pasado. Levantarse por la mañana, coger el bus, entrar en la biblioteca, sacar los apuntes, el ordenador, el portaminas, las gafas… se covierten muy pronto en costumbres, en actos semi-automáticos. Como los descansos para el café y el croissant. Nada mejor para que no decaiga el ánimo.

Por lo demás, la vida sigue su curso tan normal y poco emocionantemente como siempre, aunque esa frase sea, en sí misma, reiterativa. También es cierto que si se busca siempre se encuentra ese puntito de magia tan necesaria cada día: una referencia al capítulo de la serie que viste la noche anterior, una mirada a través de las mesas de la biblioteca (y la conversación por señas que le sigue), la canción que suena en bus, la que suena, sin saber por qué, en tu reproductor, el post-it bienintencionado, las frases elocuentes en los apuntes… esos pequeños detalles que hacen que la vida sea interesante. Por lo menos, más interesante que la filosofía de las piedras.

Y hablando de piedras con filosofía, el fin de semana pasado tuve una buena ración. Mi ayudante invisible (sin la ayuda de la cual nada de esto sería posible) y yo, los dos a una, nos dimos un buen paseo post-café a través de Santiago. Visitamos calles, edificios, escaleras, paredes, estatuas, farolas, papeleras… disfrutamos de la compañía del viejo granito que, bien mirado, resulta nuevo cada vez. Era un día especial, importante, diferente, de esos que hay que recordar siempre con fecha, firma y sello; con todas las de la ley y registro fotográfico incluído… y os semi-contaré por qué, sin infringir por ello el secreto profesional: “alguien” (dejémoslo en misterio, si os parece) se estaba casando.

Bueno… ¿y qué? Ni siquiera se estaban casando en Galicia. De hecho, ni siquiera en este continente. Unos cuantos miles de kilómetros y unas seis horas de diferencia en el reloj (si las he contado bien) nos separaban a mi ayudante y a mí del hecho que, en efecto, se estaba consumando, allá en el lejano sur. Insisto… ¿y qué, si alguien se casaba al otro lado del mar? Todavía es más pertinente la pregunta sabiendo que la boda por lo civil había sido unos 15 días antes, así que… ¿aquello qué tenía que ver?

La importancia del suceso reside, claro está, en que ese “alguien” es un cierto ente en particular, con quien mi ayudante tiene una relación, digamos… cercana, como mínimo; además, no nos olvidemos de que la ceremonia tenía mucha más importancia, debido a las circunstancias que la evolvían, que el papel firmado en el judgado. Y mientras que el citado “alguien” contraía matrimonio en América del Sur, ella y yo nos sentamos en el último banco de la nave central de la catedral y nos imaginamos que en el altar, junto al cura que oficiaba la misa vespertina, estaban los dos protagonistas del enlace; ante los ojos de Dios y de los hombres, arropados por el órgano a la tenue luz de un atardecer nuboso de invierno. ¿Qué mejor escenario para el principio de un futuro?

¡Futuro! Esa palabra siempre me ha dado miedo… pero lo único que se puede hacer es seguir adelante y esperar que sea benévolo. Como dicen los sabios, a Dios rogando y con el mazo dando… no se puede dejar todo al azar. Y por eso estoy aquí después de tanto tiempo, escribiento esta breve (brevísima) reseña, sentado en la biblioteca ante mi ordenador, después de acabar el temario que me había fijado para hoy, todavía con dos días por delante para el siguiente asalto. El día está lluvioso, turbulento, como las vidas de muchos de nosotros ultimamente… pero nunca choveu que non escampara y en esta ciudad, de lluvias, sabemos mucho. Sólo habrá que esperar a que las nubes dejen espacio de nuevo al calor del sol y la primavera nos explote en la cara, inesperada. Cada año pasa más o menos igual, y cada año me sorprende con la misma sonrisa de tonto cuando miro los cerezos en flor… pero esa es otra historia, que deberá ser contada en otra ocasión.

Esto ha sido todo, queridos Fantasios. No os olvidéis del paraguas, que las nubes las carga el Diablo. Un abrazo y hasta pronto.

129 – Tan pronto.

Queridos Fantasios,

No me acostumbro a escribir aquí, ni creo que lo haga en algún tiempo. El hecho de no poder introducir sangría de primera línea me desconcierta, hace que pierda la noción de lo que era mi Fantasía… bueno, eso y todo lo demás. Ha cambiado el color, ha cambiado el mundo, ha cambiado mi vida… pero como decía en la entrada anterior (hace ya varios meses, parece mentira) ¡renovarse o morir! Y no quiero morir todavía, ni que lo haga este lugar en el que tantas experiencias he volcado. Sería un desastre, la verdad… más que un desastre, una pena. Los que me conocéis sabéis perfectamente de lo que estoy hablando: me cuesta desprenderme de aquello que reconozco como familiar y, sobre todo, me cuesta hacer que algo nuevo lo sea. Familiar, quiero decir. Me cuesta, y mucho.

Una vez que me acostumbro a algo me gusta mantenerme ahí. Por ejemplo: no recuerdo cuándo fue la primera vez que fui a un ensayo de la banda de gaitas, era demasiado pequeño y los recuerdos se desdibujan en la noche de los tiempos… pero desde entonces, sea cuando fuere, sigo yendo religiosamente siempre que puedo, y no tengo intención de dejarlo. Con el coro universitario (sí que recuerdo el primer día en este caso) me pasa lo mismo… auque tiene fecha de caducidad: el día que termine la carrera. Así me pasa con casi todo… cuando empiezo algo, no lo suelto hasta que se acaba… o hasta que por circunstancias ajenas a mi voluntad tego imperiosamente que dejarlo.

Aun así, tengo un par de cosas pendientes en mi lista, tanto  “cosas-que-he-empezado-y-están-en-stand-by” como de “cosas-a-las-que-les-tengo-ganas-y-no-he-podido-probar-aún”. Entre las primeras (por no repetir el mega-nombre) se encuentra, por ejemplo, mi eterno tira y afloja con las partituras y las 88 teclas blancas y negras, que he tenido que abandonar tanto en favor de la carrera como porque no tengo cómo practicar.  Lo mismo me ha pasado con otros instrumentos musicales, con algún idioma y con algún proyecto en internet (como este mismo blog, en espera durante varios meses al año). Entre las segundas (las que eran no-aún) se cuentan más o menos las mismas categorías, con varios añadidos más… pero esa es otra historia, que será contada en otra ocasión. Hoy estaba pensando en escribir sobre algo muy distinto. O quizás no tanto, mirándolo bien.

El asunto es que han pasado ya 5 años y tres meses desde que entré en la Universidad… y estoy a punto de salir. Al menos, debería estar a punto de salir, ya que los 6 años de carrera se cumplen este junio (vale, contemos con septiembre). Durante este tiempo, la vida universitaria ha sido de forma clara el motor inamovible de mis días, por lo que me levantaba y me movía, por lo que hacía todo lo que hacía… y a veces, según en qué circunstancias, por lo que no hacía lo que no hacía. Casi seis años dan para muchas historias, muchas alegrías, depcepciones, problemas, soluciones brillantes (o no tan brillantes), amistades, contactos, situaciones…  y todavía faltan, me consta. Pero cada vez van quedando más cosas atrás: adiós a las Juntas de Facultad, adiós a las Comisiones (a todas, estaba en tres o cuatro), adiós a las Asambleas y adiós a Meiga y el grupo de intercambios. Adiós al viejo decano, convertido después de ocho años en un simple profesor más. Adiós al viejo Steinway que se paseaba año tras año por la Facultad y que, de pronto, ha desaparecido. Faltan todavía muchos “adiós” por llegar, no tengo muy claro cuántos exactamente, pero seguro que son más de los que me gustaría.

Al igual que a aquel viejo piano, retirado en su jubilación en algún lugar mejor, en un parque, rodeado de música, a mi también me llegará el turno de abandonar el ya anciano edificio y seguir mi camimo… pero, la verdad, no tengo ganas. Quiero quedarme aquí. Entre estas paredes, que me ha cobijado tanto tiempo. Días enteros sin ver la luz del sol, entrando antes del alba, marchándome bien entrada la noche. Meses de prácticas, un lustro de trabajo… y al sexto año, se baja el telón. Sé que todavía falta mucho, pero ya lo estoy echando de menos cuando todavía estoy allí. Ya no es lo mismo. Falta mucho, faltan muchos.

En fin, por hoy será suficiente.  Mañana (o el mes que viene), más. Un abrazo a todos… sed buenos siempre.

Renovarse o morir

Queridos Fantasios

Henos aquí, en este nuevo lugar, casi por casualidad y sin saber todavía cómo funciona. Es curioso, cuando menos, que precisamente el día en que pensaba eliminar definitivamente este lugar (por voluntad propia y a sabiendas de las consecuencias) el propio sistema me diese la opción de darle al botón correspondiente y acabar con todo de una vez por todo. Después de cinco años, día tras día, viviendo con el pensamiento constante de “esto lo tengo que escribir en el blog, ¿cómo lo haré?” resulta difícil imaginar un mundo en el que no existe una Fantasía para escribir en ella. Para contar lo que no puedo decir en alto, para escribir y describir con pelos y señales lo que veo, lo que pienso. Vale, sí, lo admito… es quizás pretecioso y muy probablemente egocéntrico pensar que esto es importante, cuando no lo es. Es importante para mí, y aún así no en todas las ocasiones. Así que… visto lo visto, ¿por qué sigo escribiendo?

Supongo que sigo escribiendo porque a veces hay cosas que no puedo dejar de contar. Porque me llaman las teclas como si fuesen las campanas de un reloj despertador de cuerda, estridentes, imposibles de ignorar en una mañana de domingo sin nada que hacer. Innecesarias (¿para qué querría yo levantarme un domingo por la mañana temprano?), pero existentes.

Y así, habiendo un botón de “borrar” decidí continuar adelante. Quizás un poco menos habitualmente de lo que hasta ahora venía haciendo, sin contar este verano. Quizás con algo más de ganas cada vez, con la necesidad de evadirme, después de no haber hecho otra cosa más que estudiar en los últimos tiempos… o quizás no. Pero sólo existe un modo de saberlo: seguir escribiendo. Una página más cada vez. Y otra y otra más.

Hablaré un ratito sobre contrastes. Blanco y negro, calor y frío, cerca y lejos, grande y pequeño y todas esas cosas que Coco y sus amigos nos enseñaron en Barrio Sésamo. Pero un poco más allá en el vocabulario, el fondo y la forma. Me explico poniéndoos en situación. No hace demasiado tiempo en la Plaza do Obradoiro, Santiago, hubo un concierto. Se trataba nada menos que de Carlos Núñez, con los Chieftains como invitados, la orquesta Sinfónica de Galicia y unos cuantos gaiteiros de extras en el reparto. Un macro-escenario, mega-altavoces, mega-todo. El día anterior pasaba yo por allí de camino a la parada del autobús para volver a casa, y resulta que estaban haciendo unha especie de prueba de sonido, ensayo o como quiera llamársele. Todo a plena voz. Yo seguí camino a su lado mientras silbaba lo que ellos estaban tocando. Al otro lado de la plaza, todavía bajo el ensordecedor poder de los altavoces, estaba el arpista de siempre, el que toca prácticamente cada día la misma pieza una y otra vez, y vuelta a empezar. Y claro… dejé de silbar a coro con el megaconcierto y me puse a hacer lo propio con el arpista, eternamente inclinado sobre su instrumento y con la cabeza medio apoyada sobre la madera, en la posición de siempre. Con una medio sonrisa medio mueca de dolor… nunca sé cómo calificarlo, mientras rasgaba las cuerdas del arpa, mientras su música se mezclaba con el ruído procedente de la plaza. Y seguí silbando calle arriba, a través de la masa ingente de turistas que este verano atestaron la ciudad, apresuradamente hacia la parada de autobús. Aquel día tenía ya demasiadas cosas encima… pero eso son otras historias, que deberán ser contadas en otra ocasión.

Hoy me he encontrado con otro contraste peculiar. Situación: Ferrol, parada del autobús en Porta Nova dirección Santiago. Siempre salgo apresurado de casa y al final tengo que esperar un buen rato antes de que llegue el bus y, mientras esperaba, me fijé en el resto de viajeros, sobre todo en dos personas. Dos mujeres vestidas íntegramente de negro, de la cabeza a los pies (con la excepción del llavero que una de ellas llevaba colgando de la mochila, arcoiris) aunque por motivos y justificaciones radicalmente opuestas. Una era una joven de unos veinte años, año arriba o abajo, alta, espigada, melena riza oscura, botas gruesas (de las de puntera de metal) hasta media perna con cierres de hebilla, pantalones prietos, chaqueta de cuero negro hasta los muslos, uñas pintadas de negro… en fin. Os hacéis una imagen, supongo. La otra, una mujer de unos 60, sin equipaje de ningún tipo, el pelo semicanoso recogido en un prieto moño, falda negra hasta los pies, camisa negra, chaqueta negra, pañoleta negra al cuello. Mientras esperaba, jugueteaba con las monedas en el bolsillo de su delantal… también negro. ¿Tenéis la imagen mental?

Y allí estaba yo, en la parada, pensando en lo que tenían en común esas dos mujeres a las que el destino (del que por cierto se habló en la conversación-de-parada-del-bus, aunque esa, de nuevo, es otra historia) había congregado en aquel punto espacio-temporal, cuando llegó el autobús y mis pensamientos se centraron más bien en el vaivén del viaje, en el viento y la lluvia que azotaban el cristal… y en el mundo de Poniente sobre el que leía página tras página.

Y llegué a casa. Migré, como migran los pájaros, los ñus y las ballenas, y aquí estoy, quién sabe por cuánto tiempo. Por ahora dejemos asentarse este nuevo lugar en su sitio… y veamos qué es lo que pasa. Sed felices y seguid adelante, siempre una página más de lo debido. Un abrazo y hasta pronto.

Hace mucho mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…

Queridos Fantasios,

           Con el tiempo que hace que no escribo aquí quizás os hayáis olvidado de quién soy, de cómo funciona esto, etcétera. No sé si podré remediarlo, pero mientras ideo algo para conquistaros de nuevo intentaré contar alguna que otra historia divertida. Será mejor que vayamos por epígrafes asi que comencemos por el principio, como siempre. Érase una vez…

[Marzo-Abril]

           ¡Cómo pasa el tiempo! Hace unos días estaba en Italia, pasándomelo de vicio, y de pronto al regresar ya tengo como poco cuatro asuntos urgentes a los que atender. Uno de los más importantes, cómo no, es la compañía de teatro de la facultad, TRiSMuS, con la que estrenamos obra a mediados-finales de Abril. Que conste en acta que, aunque lo cuento como algo de lo que preocuparse, sarna con gusto no pica. Así, domingo tras domingo, más ensayos extra, más preocupaciones con Luís (él si que estaba preocupado, ¡Dios mío!) en la cafetería del aulario y de todo el elenco en los lugares más inesperados, fuimos ideando los detalles de una obra que no era nada fácil. Decir que los ensayos eran divertidos es quedarse cortos, sobre todo cuando al señor director se le ocurrió introducir números musicales en los momentos más inesperados, más la escena de baile al final de la obra. Aquello, que empezó siendo un caos absoluto, acabó por resultar en un rotundo éxito.

           No puedo dejar de comentar algunos momentos memorables, como por ejemplo cuando entre el Gran Friki y yo cogimos un banco de la facultad y lo trasladamos a través de toda la ciudad vieja, en brazos, hasta el aula cultural de Caixa Galicia (donde representamos este año). Lo más curioso, aparte de que en los semáforos y en la plaza del Obradoiro lo dejamos en el suelo y nos sentamos a descansar en él y de que varios policías se nos quedaron mirando como pensando si aquello que hacíamos era un delito o no, fue que un turista nos vio trasladarlo por delante de la catedral y nos empezó a sacar fotos. Cuando nos dimos cuenta y miramos hacia él nos dijo "¡seguid hablando, seguid hablando!" supongo que para que las fotos saliesen más naturales… pero nos entró la risa, así que además de salir naturales (o no), salimos riendo. Tengo curiosidad por saber cómo quedaron, pero al ser un completo desconocido resultará de todo punto imposible encontrarlas…

           Y este año mis amigos se han vuelto a superar a sí mismos en lo que a cumpleaños se refiere. ¡Un juego de pistas por toda la facultad! Increíble, realmente increíble. Las pistas estaban repartidas por todas partes, incluyendo exteriores, recovecos y guardianes. Una vez más (y no por ello con menos emoción) debo darles las gracias a todos por alegrarme la vida, segundo a segundo. No sé qué haría sin ellos. Y no lo digo por decir.

[Mayo]

           Hacía ya tiempo que no teníamos noticias de los de la organización del Imperial Stormtroopers pero, un buen día de principios de mes, la realidad, en forma de e-mail, nos golpeó rotunda e imparable. ¡No quedaba tiempo! Aquellos que habían empezado a construir sus armaduras podrían terminarlas, pero aquellos que, como nosotros, no habíamos tenido la oportunidad de comezar todavía estábamos excluídos, los talleres no daban abasto para cumplir con la demanda de armaduras necesarias… ¿qué podíamos hacer ahora? ¡Estábamos fuera!

           Tras hablar con uno de los organizadores y enterarnos de que seríamos bienvenidos al desfile cosplayados de cualquiera de los personajes del universo expandido, nos (me) asaltó la gran duda. ¿Seríamos capaces de hacerlo? ¿En tan poco tiempo? ¿Con los exámenes tan cerca? ¿No sería demasiado caro, demasiado difícil…? Pero mi Media-yo es sabia y supo convencerme de lo contrario… y nos pusimos manos a la obra ipso facto. A las pocas horas teníamos ya los patrones hechos, cortados y preparados para el primer experimento; al día siguiente compramos varios metros de tela para confeccionar las capas (gruesas, calurosas, pesadas), agujas, imperdibles e hilo, y comenzamos a cortar e hilvanar las piezas esa misma tarde en el Pasillo de Conspirar (al que me gusta llamar, de forma cariñosa, the room of requirements). Ante la mirada atónita de los de fisio (lo digo porque son mayoría, pero la mirada atónita era de todo el que pasase por allí) y con la ayuda inestimable de las señoras de la limpieza (que nos descubrireron el fabuloso arte de la confección de capuchas) nos las fuimos arreglando bastante bien mientras cantábamos, entre puntada y puntada, el homenaje a John Williams. En los días sucesivos compramos la tela necesaria para el resto de la ropa (casacas, camisas, cinturones, estolas…) y nos pusimos a trabajar en ello, con las capas ya casi listas. Con la imprescindible y nunca suficientemente agradecida ayuda de nuestras señoras madres y sus máquinas de coser fuimos dando el toque final a las capas mientras comenzábamos con el resto del traje… y salvo las botas (que compramos dos días antes) y los adornos de los cinturones, lo teníamos todo preparado en un tiempo más que récord, sobre todo teniendo en cuenta nuestra inexperiencia y la calidad de los trajes que, os lo aseguro, son de lo mejor.

           Y llegó el día más esperado, el momento de ponérnoslos, a eso de las cuatro de la tarde, en nuestros cuarteles generales. Nos sentíamos poderosos… oh, sí. Cuatro caballeros jedi en comunión con la Fuerza. Ya dentro de la facultad, unos cuantos médicos que había allí para un congreso se quisieron sacar unas fotos con nosotros, y en lo que duró el descenso a la calle y el viaje hasta la plaza de Abastos fueron muchos los que tuvieron la misma idea. No os podéis imaginar, ni de lejos, ni un poquito, lo que es; lo que fue aquel día. Al llegar a Abastos vimos que ya casi todo el mundo estaba preparado, la función estaba a punto de comenzar. Ya entonces nos fuimos mezclando con el resto de frikis que por allí pululaban, entablando conversación y preparándonos para salir… y el mismo momento de salir fue… glorioso.

          Glorioso, sí. ¡Miles de personas nos esperaban! A medida que avanzábamos por las callejuelas de Santiago veíamos como la gente se agolpaba en las escaleras, en las esquinas, en las bocacalles… todos sacaban fotos, todos sonreían, muchos llevaban insignias o camisetas alusivas a Star Wars. Nosotros, como buenos jedis, les decíamos cosas como "que la Fuerza te acompañe" o "nosotros no estamos pasando por aquí (mientras utilizábamos un jedi mental trick)" o "¡Viva la República Galáctica!". Aunque escoltados por un buen montón de siths (que teóricamente nos habían capturado) y unos moradores de las arenas, precedidos por los jawas y seguidos muy de cerca por Darth Vader y las tropas imperiales, nosotros no perdimos la compostura. La Fuerza nos acompañaba, a fin de cuentas.

          El teórico Grand Final del desfile sería en la praza do Obradoiro, donde las tropas imperiales formarían y Darth Vader les pasaría revista y leería un discurso. Fue una pena que el Concello no tuviese la menor deferencia para con nosotros y, por tanto, la megafonía y la colocación a pesar de los esfuerzos de los organizadores en el obradoiro brillasen por su práctica inexistencia… esperemos que aprendan para dentro de tres años. Digo que ese era el colofón final teórico, pero en la práctica tras romper filas todo el mundo se puso a pulular por entre nosotros, a pedirnos fotos, a sacarse fotos, a preguntarnos cosas… ¡nos sacamos fotos con varios profesores nuestros y con sus hijos! Y sí… también nosotros nos sacamos fotos con Darth Vader. Fue un momento increíble, uno de los mejores de mi (por ahora corta) existencia. Pero no… tampoco fue ese el final. Luego mientras nos íbamos hacia la facultad nos encontramos con otro de nuestros profesores, al que le pedimos si nos podíamos hacer una foto con él y quien, tras reconocernos, accedió gustoso y sonriente. Caballero, tú si que sabes.

           Y ni aún así. Tras descansar en la facultad y seguir sacándonos fotos con los de la cafetería, mezclados en amor y compañía con algunos de la tropa imperial (amigos de siempre, o no), nos fuimos a cenar. Primero a tomar una especie de pinchos con los demás del desfile ¡mientras nos veíamos en las noticias de tele 5! Y luego con los amigos más íntimos a un bar de la zona vieja, todavía vestidos de jedis. Es curioso cuando un camarero te dice "que la Fuerza te acompañe" mientras te sirve un bocadillo de calamares, hace que te sienas… no sé. Relizado. Luego nos propusimos ir a dar una vuelta por la zona vieja por la noche, ya se sabe, un poquito de fiesta nunca viene mal… ¡todavía con los trajes puestos! Es curiosa la forma en que la gente te mira cuando vas así por la calle, pero a medida que la noche avanza y la gente se emborracha el asunto va ganando en riesgo: antes te miraban, ahora te abordan, te abrazan y te lanzan el haliento al estilo de un ataque pokémon.

           Una última anécdota sobre esto. A las cuatro de la mañana, cruzando por Rosalía de Castro hacia la zona vieja, quedábamos tres jedis en medio de una ciudad desierta. Un coche viene de frente por la calle y, sin frenar, alguien abre la ventana y grita mientras pasa: "¡¡¡Frikis!!!" Y nosotros, girándonos, contestamos mientras se alejaban calle abajo: "¡¡¡Sí!!!"

          Aquel fue un fin de semana interesante. El viernes desfile, el sábado ensayo en Ferrol por la mañana y en Santiago por la tarde, domingo ensayo de nuevo en Santiago, el lunes por la mañana práctico de anatomía (al que llegué un tanto tarde por las prácticas de interna, ¡que prácticas tan geniales! aunque esa es otra historia [clínica] que deberá ser contada en otra ocasión) y el lunes y el miércores por la tarde, ¡sorpresa! Los conciertos del Coro Universitario. El lunes en Lugo, un buen concierto aunque lleno de problemas por el lugar, la temperatura, los instrumentos… etc. El miércoes fue completamente distinto. Se notaba en el ambiente: la Catedral es un lugar muy especial para hacer música. Allí los instrumentos apenas necesitaron afinar dos veces (en Lugo perdí la cuenta), los músicos jugaban a adornar las frases una tras otra y era como si la primera violinista le dijese a la segunda: "Eh, mira esto, a ver si puedes seguirme" y a la segunda, forzada por la música y el reto de la primera no le quedase más remedio que improvisar y repetir el mismo juego sonoro que su compañera para que ocho compases más tarde el organista, guiñándoles un ojo y varias corcheas, hiciese lo mismo dándole una vuelta de tuerca más. Como si no tuviésemos que hacer ningún esfuerzo por cantar, como si la música fuese la que nos controlase a nosotros en lugar de nosotros a ella, exactamente así, como si durante aquella hora no estuviésemos en el mundo. Aquello fue realmente especial. Me sentí bien, muy bien, tremebundamente bien y además este año, gracias a cierto pequeño duende, los miembros del coro estamos más unidos que nunca. Como una pandilla de juerguistas, incluso tenemos un sitio predilecto para quedar: en el sitio de esperar a la Nave Nodriza.

[Junio]

           Exámenes, exámenes, exámenes. No recuerdo un junio sin exámenes como no recuerdo tampoco un septiembre sin ellos, ni un agosto sin estudiar. Durante todo el mes no me lo pasé mal, incluso hubo mometos en que me gustó lo que estaba estudiando, pero no os engañéis, ¡no! Era una trampa, al final aquello que gusta nunca cae en el examen: lo que preguntan es siempre la letra pequeña del contrato, aquella que a nadie (al menos no a mí) se le ocurre estudiar porque hay cosas mucho más útiles, mucho más interesantes y mucho más importantes. Pero la vida es así y los profesores lo saben, ¿qué sería de un septiembre sin exámenes, de un curso sin repetidores? Perdería la gracia, supongo. Un año más me quedo sin disfrutar a pleno pulmón las vacaciones que, digan lo que digan mis notas, me tengo merecido. Mucho trabajo y poca recompensa, pero el balance general del año tampoco está tan mal. En el fondo soy feliz. ¿Qué más puedo pedir? ¡Sin olvidarnos de la guinda del pastel! ¡El día del pollo à l’orange (que tampoco se libró de su buena ración de anécdotas, vaya día… pero esa es otra historia, que deberá ser contada en otra ocasión)! Para celebrar el fin de la tortura, la mudanza de mi chef favorito y el comienzo de un nuevo verano, se nos ocurrió hacer una cena entre todos, que cocinase el señor cocinero, pero tenía que ser algo especial. Pensamos en pato à l’orange, pero resultaba demasiado caro para nuestros bolsillos, así que lo dejamos en dos pollos à las sendas oranges, y santas pascuas. ¡Y qué rico estaba! ¡Qué delicia! Eso es un manjar de dioses y el resto… el resto, fast food.

[Julio]

          Y al fin, vacac…
          ¡No! ¿Pensábais que me iba a librar tan facilmente? En absoluto, porque el mismo día en que acabaron los exámenes llegó el primero de nuestros guiris, de nuestros estudiantes de intercambio, por los que llevamos luchado (y tanto, Dios mío) durante todo el curso. En mayo me olvidé convenientemente de contaros alguno de los episodios más desafortunados y agobiantes del curso, pero una vez solucionada la papeleta más vale dejarlo y pasar página… y centrarse en el siguiente problema. Porque eso es lo que nos trajeron los intercambios, ¡problemas! Uno detrás de otro, sin dejar demasiado tiempo entre uno y otro para poder descansar. Cuando no era una cosa, era otra; cuando no era un tutor descontento, algún estudiante perdía el vuelo y se quedaba perdido por España adelante (Madrid, Barcelona…); cuando no fallaba el gas en alguno de los pisos, faltaban llaves en otro… o sobraban cosas peores que no mentaré aquí por respeto a las sensibilidades más susceptibles.

          Por suerte, tras la semana fatídica pude escaparme por obra y gracia de la banda de gaitas a Avilés, dónde pasé uno de los mejores fines de semana que recuerdo este año. Tocar, bailar, cantar, tocar, tocar, tocar, dormir, dormir, leer, descansar… ¡el paraíso! Incluso el día que salimos por la noche, que no soy yo mucho de salir, nos lo pasamos bien. ¡Si señores! Increíble. Guardo muy buen recuerdo de Asturias esta vez, tan bueno como de la vez anterior, hace ocho años. Ocho largos años, que se dice pronto. Y al regresar de Avilés y tras pasar apenas unas horas en Ferrol y otras poquitas en Santiago, me fui un día de turisteo a Ourense, como ya le había prometido a cierta invisible que yo me sé y a un informático que pretende conquistar el mundo. Una bonita ciudad, la de las Burgas, e incluso mejor la compañía. Podría hablar más largo y tendido del lugar, de Foxo, del kebap y el cine con Chan, del puente del milenio, del  puente viejo, del del tren, de la pasarela y de cuando me perdí por la ciudad un rato que tenía libre, pero esa es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión, ¿no creéis? Además, al día siguiente me fui sin prisa pero sin pausa a A Coruña donde viví alguna que otra aventura más… y tapoco es cuestión de aburriros.

         Baste con decir que fue una buena semana… hasta hoy. Hoy (ayer, para ser exactos) comencé a estudiar. De nuevo, para septiembre. Porca miseria, que diría yo mismo, pero la vida es así, y los profesores lo saben. Tú lo sabes, quien esto lees, yo lo sé, y eso es así aquí y en la China popular, que diría cierto profesor al que vuelvo a repasar por cuarta vez. ¿Quién me mandaría a mí meterme aquí?

         Si lo sé, no vengo.

         En fin, queridos Fantasios. Sed felices y disfrutad el verano en lo que vale. Jugad, reíd, id a algún concierto y leed buenos libros. Viajad si podéis… y no os olvidéis de mandarme alguna que otra postal. Siento el retraso y el testamento… pero ya sabéis. La vida es así.

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